Esta tarde es una de esas que, con inspiración o no, lo mejor que puedo hacer es ponerme a escribir. Una tarde gris y lluviosa en Madrid, una tarde que solo me apetece tirarme en el sofá (con mi pijama y mi manta) y que, si no me ando con cuidado, puedo caer en el error de dejar volar mi mente allá donde quiera ir, y como no tengo muchas ganas que vaya a determinados sitios (el fin de semana hay que olvidar las preocupaciones) he decidido coger el portátil y engancharme a youtube.
Y cuando estaba yo tirada en mi sofá, con el portátil en las piernas, me ha dado por ponerme a ver video clips que me gustan y he pensado, voy a abrir el blog y voy a escribir sobre las canciones que forman parte de mi vida. La música siempre ha sido, para mi, un buen lugar donde escaparme, donde reír, donde emocionarme, donde llorar... Y es que me pongo los cascos, cierro los ojos y soy feliz.
Es muy probable que uno de mis lectores (mi sobrínísimo) esté temblando… ¿qué se puede hacer?, rara vez coincidimos en gustos musicales, pero como diría él “lo lamento”, voy a hablar de ellos.
Así que, como comenzaba Antonio Machado su autorretrato, voy a comenzar yo esta historia musical. Mi infancia son recuerdos de dibujos animados y programas para niños, por eso, la primera canción que aprendí de memoria es aquella que decía “es alucinante, es como el cine, todo lo controla, es un alucine, es como un ordenador personal… es la bola de cristal”. ¿Os acordáis?... http://www.youtube.com/watch?v=1q1jY5W4bjc
Machado me sigue sirviendo como guía en esta historia porque… Mi juventud, (son) 20 años… escuchando a los Hombres G, que ya era hora de que aparecieran en este blog, porque me dejé unas cuantas pagas en sus vinilos…
Todo empezó cuando yo quería irme junto con estos cuatro chicos estupendos hasta Italia, comprarme un jersey a rayas y ver como se retorcía el pijo del ford fiesta blanco entre polvos pica-pica, pero esto solo acababa de comenzar. A continuación, quise llamarme Marta, tener un marcapasos y, por supuesto, soltarme el pelo. Pero parecía un poco difícil conjugar todo aquello, por lo que decidí que… iba a pasármelo bien, aunque tendría que ser con mis vaqueros más gastados (me permito esta licencia, por ser mi canción favorita, aunque creo que, a su pesar o no, solo la va a pillar Wilder). Mas tarde, averigüé que hay muchas cosas que se pueden solucionar en un minuto nada más y que, esta es mi vida. Y es que, llegados a este punto, después de 20 años peligrosamente juntos, entre canción y canción, todo esto era muy extraño, por lo que era mejor quedarse con lo escuchado y concluir calificando esta historia de mi juventud musical con un 10.
Sin embargo, aunque David Summers y compañía son los protagonistas de la banda sonora de mi vida, debo decir que hay muchos (muchísimos) más músicos que con sus letras han conseguido regalarme momentos inolvidables. Os dejo unas cuantas referencias: Duncan Dhu con Ojos negros o Cien gaviotas, Nacha Pop con su Chica de ayer, Héroes del silencio Entre dos tierras o con Maldito duende, Antonio Flores que No dudaría, Camilo Sesto que decía que ya no podía mas…, Loquillo en su Cadillac solitario, Los Secretos y su Déjame, la Dulce Condena de Los Rodríguez, La tortura de Alejandro Sanz o Estopa desde el del medio de los chichos, hasta el run run…
Para terminar y antes de que me caigan las críticas que, probablemente, me merezco por no mencionar a muchos grandes, me despido recordando a los lectores que se trataba de hablar sobre “mí” música, y por eso, haciendo caso a Manuel Carrasco, no dejo que nadie calle mi verdad.
domingo, 31 de octubre de 2010
martes, 26 de octubre de 2010
Yo y mis circunstancias
Cuando me propuse este reto dije, sin creérmelo ni yo, y como el que no quiere decirlo (pero lo dije, debo asumirlo), que iba a intentar escribir un poco todos los días y, la verdad es que el reto, tal y como estaba definido inicialmente, no lo estoy cumpliendo (lo intento, pero no lo consigo). Por supuesto, siempre me escudo detrás de un “estaba muy cansada ayer” o “no me dio tiempo”. A decir verdad, en este momento de mi vida, tengo excusas que no hay quien me las rebata porque… “tengo muuuuucho lío en el curro”, “estoy estudiaaaaaaando”, “tengo muuuuuuchas lavadoras que poner”, “la casa no se liiiiiiiiimpia sola” etc., pero la verdad (la cruda realidad) es que no todos los días “me viene la inspiración” y por eso, no todos los días escribo.
No sabéis lo que me fastidia reconocerlo, me acuerdo de mis profesores de la universidad que me regañaban cuando mencionaba estas palabras. Todavía siento sus ojos, clavados en los míos, mientras me decían con tonito irónico (mas majos…) “¿crees que un periodista puede esperar para escribir un artículo a que le venga la inspiración?”. Y yo me sentía torpe, me ofuscaba y me enfadaba con el mundo, pero la que escribe se ha leído a si misma, con y sin inspiración, y es lo más parecido al Dr. Jekill y Mr. Hyde, por lo que prefiero incumplir el reto (solo una parte, que conste) y reconocerlo (que gran acto de valentía), que escribir un post del que no me sienta satisfecha.
Así que, cuando mis queridos lectores dicen que les parece que tiene que ser más fácil escribir ese libro, que tanto reclaman, que trate sobre una sola historia, que tener que pensar un tema a diario, yo pienso, estos lectores míos tienen una gracia que no se puede aguantar (con todo el respeto que se merece esta gente tan objetiva, además de guapa y simpática, que me lee). Y es que, para mí, escribir un libro no supondría un reto, supondría un milagro. Tranquilo lector, no voy a redactar las mil y una excusas, solo dejaré constancia de la verdad y, esta es, que ahora mismo “no tengo ganas” (nota: lease como un “no estoy inspirada” pero reconocerlo dos veces me parecía excesivo).
Y después de esta reflexión (a la par que autocrítica) yo y mis circunstacias nos vamos a dormir que tenemos “muuuuucho sueño”. Y para rematar este post tan sincero, me despido con un plagio “Buenas noches y Buena suerte”
No sabéis lo que me fastidia reconocerlo, me acuerdo de mis profesores de la universidad que me regañaban cuando mencionaba estas palabras. Todavía siento sus ojos, clavados en los míos, mientras me decían con tonito irónico (mas majos…) “¿crees que un periodista puede esperar para escribir un artículo a que le venga la inspiración?”. Y yo me sentía torpe, me ofuscaba y me enfadaba con el mundo, pero la que escribe se ha leído a si misma, con y sin inspiración, y es lo más parecido al Dr. Jekill y Mr. Hyde, por lo que prefiero incumplir el reto (solo una parte, que conste) y reconocerlo (que gran acto de valentía), que escribir un post del que no me sienta satisfecha.
Así que, cuando mis queridos lectores dicen que les parece que tiene que ser más fácil escribir ese libro, que tanto reclaman, que trate sobre una sola historia, que tener que pensar un tema a diario, yo pienso, estos lectores míos tienen una gracia que no se puede aguantar (con todo el respeto que se merece esta gente tan objetiva, además de guapa y simpática, que me lee). Y es que, para mí, escribir un libro no supondría un reto, supondría un milagro. Tranquilo lector, no voy a redactar las mil y una excusas, solo dejaré constancia de la verdad y, esta es, que ahora mismo “no tengo ganas” (nota: lease como un “no estoy inspirada” pero reconocerlo dos veces me parecía excesivo).
Y después de esta reflexión (a la par que autocrítica) yo y mis circunstacias nos vamos a dormir que tenemos “muuuuucho sueño”. Y para rematar este post tan sincero, me despido con un plagio “Buenas noches y Buena suerte”
viernes, 22 de octubre de 2010
Mujeres al poder...
Hoy que el Ministerio de igualdad ha pasado a la historia y nos hemos quedado sin ministra, me ha dado a mi por pensar que desde que escribo este blog, solo he mencionado a unos cuantos de los hombres de mi vida; mi padre, mi chico, mi sobrino, mi Sergi y mi Alejandro Sanz (bueno vale, este no es un hombre de mi vida, sólo ha participado un poco en la banda sonora). Todavía me faltan algunos “mis”, como “mi jefe”, pero eso tendrá que ser otro día, porque aún no he hablado de ninguna mujer, y no es que sea feminista, ni mucho menos machista, y, además, debo decir que tampoco me convenció mucho nunca el ministerio este, pero la que escribe tiene sus heroínas y hoy voy a hablar de un par.
Como líder indiscutible de esta selección de “primeras mujeres mencionadas en mi blog” tengo que hablar de la más fuerte que he conocido. Una mujer de armas tomar, con una vida que no se merece un post, se merece más bien una beatificación. Alguien que puede con cualquier cosa, si es por los que quiere y, que ha querido siempre mucho, quizá demasiado. Una mujer que consigue lo que se propone y que los momentos de debilidad le duran segundos, porque siempre encuentra fuerzas para luchar y para ganar. Esa persona a la que, día a día, lucho por imitar, el mejor ejemplo a seguir. La mujer que me dio la vida… ¿qué demonios? La madre que me parió.
Me cuesta, y me parece que esta muy feo, poner en segundo lugar a la heroína de la que quiero hablar a continuación, porque se trata de una mujer NÚMERO UNO; pero lo personal tiene que ir siempre antes de lo profesional y ella me apoyaría en esto. Me refiero a la persona que, hasta hace unas cuantas horas, era la capitana de la empresa en la que trabajo. Una mujer que se ha despedido con un hasta siempre que me ha partió el corazón (tiritas, por favor), para irse a un barco más grande donde necesitan su energía, su naturalidad, su ilusión y su espíritu. A buen seguro se lo dará, pero en los tripulantes de su antiguo barco se queda una parte de ella, de su disposición y de su ímpetu, de su elegancia y de su gracia, de su talento y de su entusiasmo. Eso no se lo han podido llevar. Pero con eso, no nos bastará. La echaremos de menos.
Como líder indiscutible de esta selección de “primeras mujeres mencionadas en mi blog” tengo que hablar de la más fuerte que he conocido. Una mujer de armas tomar, con una vida que no se merece un post, se merece más bien una beatificación. Alguien que puede con cualquier cosa, si es por los que quiere y, que ha querido siempre mucho, quizá demasiado. Una mujer que consigue lo que se propone y que los momentos de debilidad le duran segundos, porque siempre encuentra fuerzas para luchar y para ganar. Esa persona a la que, día a día, lucho por imitar, el mejor ejemplo a seguir. La mujer que me dio la vida… ¿qué demonios? La madre que me parió.
Me cuesta, y me parece que esta muy feo, poner en segundo lugar a la heroína de la que quiero hablar a continuación, porque se trata de una mujer NÚMERO UNO; pero lo personal tiene que ir siempre antes de lo profesional y ella me apoyaría en esto. Me refiero a la persona que, hasta hace unas cuantas horas, era la capitana de la empresa en la que trabajo. Una mujer que se ha despedido con un hasta siempre que me ha partió el corazón (tiritas, por favor), para irse a un barco más grande donde necesitan su energía, su naturalidad, su ilusión y su espíritu. A buen seguro se lo dará, pero en los tripulantes de su antiguo barco se queda una parte de ella, de su disposición y de su ímpetu, de su elegancia y de su gracia, de su talento y de su entusiasmo. Eso no se lo han podido llevar. Pero con eso, no nos bastará. La echaremos de menos.
martes, 19 de octubre de 2010
Paciente BG2564
Últimamente me persigue el futuro. Hace unos días estaba yo, sentada en una sesión de innovación, trabajando en esto que se ha puesto de moda ahora y que han llamado co creación. El ejercicio consistía en imaginar como sería nuestra relación con los bancos en un periodo de 10 años. Debo reconocer que salí de la sesión un poco transtornada (que no transformada) pensando que en el futuro nos cargaríamos una profesión más (¿más paro?). Ya no habrá banqueros, si la co-creación funciona, todo serán máquinas.
Me sorprendí viendo la facilidad con la que mis compañeros hacían afirmaciones del tipo: “en 10 años no quedará una oficina”, “no penséis en un call center de banca telefónica, ahora ya hay maquinitas estupendas que utilizan lenguaje natural”, “no os preocupéis por la protección de datos, existirá un chip que llevaremos implantado para que todo lo podamos hacer por el móvil y sólo funcionará si está a nuestro lado…”.
Me vais a perdonar el lenguaje, pero mi mente me traicionaba y sólo podía pensar… Joder, pues si eso pasa en 10 años ¿qué pasará en 20?, lo mismo hasta consiguen una cura para las migrañas (que mucha ciencia y mucho avance tecnológico y cuando te duele la cabeza te tienes que aguantar).
El caso es que con los días se me pasó la paranoia y volví a vivir en el 2010 tan pancha, rodeada de oficinas bancarias, sin ningún prototipo de microchip en estudio y pensando que algunas personas ven muchas películas de ciencia ficción.
Pero, esta tarde (me vais a perdonar otra vez), me he acojonado de verdad. Y es que he tenido que acudir a una clínica de urgencias por una molestia que me estaba poniendo un poquito de los nervios y cuando he llegado a la recepción, va la recepcionista y me da una etiqueta con el siguiente texto: “Paciente BG2564” y me dice “espere en la sala y esté atenta a su código”. Sin pensármelo dos veces me he sentado en esa sala y he empezado a escuchar a una voz (virtual con lenguaje natural (faltaría mas)) que decía “Paciente DX2389 pase a la sala de pediatría. Paciente CH3167 pase al box 3. Paciente GM1221 pase a la sala de radiología”. Juro por mi vida que he sentido escalofrios y la necesidad de acercarme a la recepcionista y decirle… “por favor, por toda su familia se lo pido, que me atienda un médico pero ya. Le juro que estoy imaginando cosas”. Sin embargo, he pensado un segundo y me he dado cuenta que, seguramente, algunos co-creadores habrán imaginado una solución innovadora para proteger los datos personales en las clínicas, mientras "otros algunos" están inventando el microchip, así que me he quedado sentadita esperando las órdenes de esa voz y he pensado... “que la suerte nos acompañe”.
Me sorprendí viendo la facilidad con la que mis compañeros hacían afirmaciones del tipo: “en 10 años no quedará una oficina”, “no penséis en un call center de banca telefónica, ahora ya hay maquinitas estupendas que utilizan lenguaje natural”, “no os preocupéis por la protección de datos, existirá un chip que llevaremos implantado para que todo lo podamos hacer por el móvil y sólo funcionará si está a nuestro lado…”.
Me vais a perdonar el lenguaje, pero mi mente me traicionaba y sólo podía pensar… Joder, pues si eso pasa en 10 años ¿qué pasará en 20?, lo mismo hasta consiguen una cura para las migrañas (que mucha ciencia y mucho avance tecnológico y cuando te duele la cabeza te tienes que aguantar).
El caso es que con los días se me pasó la paranoia y volví a vivir en el 2010 tan pancha, rodeada de oficinas bancarias, sin ningún prototipo de microchip en estudio y pensando que algunas personas ven muchas películas de ciencia ficción.
Pero, esta tarde (me vais a perdonar otra vez), me he acojonado de verdad. Y es que he tenido que acudir a una clínica de urgencias por una molestia que me estaba poniendo un poquito de los nervios y cuando he llegado a la recepción, va la recepcionista y me da una etiqueta con el siguiente texto: “Paciente BG2564” y me dice “espere en la sala y esté atenta a su código”. Sin pensármelo dos veces me he sentado en esa sala y he empezado a escuchar a una voz (virtual con lenguaje natural (faltaría mas)) que decía “Paciente DX2389 pase a la sala de pediatría. Paciente CH3167 pase al box 3. Paciente GM1221 pase a la sala de radiología”. Juro por mi vida que he sentido escalofrios y la necesidad de acercarme a la recepcionista y decirle… “por favor, por toda su familia se lo pido, que me atienda un médico pero ya. Le juro que estoy imaginando cosas”. Sin embargo, he pensado un segundo y me he dado cuenta que, seguramente, algunos co-creadores habrán imaginado una solución innovadora para proteger los datos personales en las clínicas, mientras "otros algunos" están inventando el microchip, así que me he quedado sentadita esperando las órdenes de esa voz y he pensado... “que la suerte nos acompañe”.
lunes, 18 de octubre de 2010
Transformada
¿Habéis escuchado alguna vez eso de “imposible is nothing”? Seguramente si. Probablemente os recordará un anuncio de hace unos años de adidas. A mi no. A mi me recuerda a un amigo Alguien que se cruzó en mi vida para darme un curso y se convirtió en mi "club de los poetas muertos".
El viernes pasado tuvo la suerte de volverle a ver (lo cual no pasa con frecuencia) y que me diera un abrazo de oso. Mis gafas salieron volando por los aires con la emoción del momento, menos mal que me decidí por los cristales irrompibles… Su nombre es Sergio, es catalán y si quiero definirle brevemente tengo que decir que Sergio es la pasión por la vida. Se dedica, día a día, a intentar transformar a las personas y lo consigue. Sus cursos son de inteligencia emocional y es capaz de hacerte reír, mientras se te caen los lagrimones. Doy fe.
Sergio me enseñó que nada es imposible, que tengo que seguir mis sueños y que si quiero, puedo, porque no importa cuantas veces te caigas en el camino, lo único que tienes que hacer es levantarte y seguir intentándolo. Me demostró cuanta gente lo había conseguido antes. Me contó, entre otras, la historia de Abraham Lincoln que, sin duda, fue un buen ejemplo de perseverancia. Perdíó ocho elecciones, fracasó en dos ocasiones en sus negocios y su novia murió cuando estaba a punto de casarse. Tuvo muchas ocasiones de rendirse pero nunca lo hizo. Y aquí os dejo su conclusión: “El camino era difícil y resbalizado. Resbalé, pero me recuperé, diciéndome que aquello era un resbalon y no una caída”
Por suerte, por desgracia o simplemente porque en la vida todos resbalamos alguna vez, comprobé que sus enseñanzas no eran teorías, ni frases hechas. Sergio me ayudó a levantarme cuando me caí y, por eso, siempre digo que mi vida sería diferente si no le hubiese conocido. Estoy segura que soy una persona más fuerte y mejor gracias a él y por eso deseo que todo el mundo tenga la suerte de encontrar a un Sergio en su vida. ¡Si es que existe más de uno!.
Por todo ello, hoy he querido dedicarle estas líneas... ¡Oh profesor, mi profesor!.
El viernes pasado tuvo la suerte de volverle a ver (lo cual no pasa con frecuencia) y que me diera un abrazo de oso. Mis gafas salieron volando por los aires con la emoción del momento, menos mal que me decidí por los cristales irrompibles… Su nombre es Sergio, es catalán y si quiero definirle brevemente tengo que decir que Sergio es la pasión por la vida. Se dedica, día a día, a intentar transformar a las personas y lo consigue. Sus cursos son de inteligencia emocional y es capaz de hacerte reír, mientras se te caen los lagrimones. Doy fe.
Sergio me enseñó que nada es imposible, que tengo que seguir mis sueños y que si quiero, puedo, porque no importa cuantas veces te caigas en el camino, lo único que tienes que hacer es levantarte y seguir intentándolo. Me demostró cuanta gente lo había conseguido antes. Me contó, entre otras, la historia de Abraham Lincoln que, sin duda, fue un buen ejemplo de perseverancia. Perdíó ocho elecciones, fracasó en dos ocasiones en sus negocios y su novia murió cuando estaba a punto de casarse. Tuvo muchas ocasiones de rendirse pero nunca lo hizo. Y aquí os dejo su conclusión: “El camino era difícil y resbalizado. Resbalé, pero me recuperé, diciéndome que aquello era un resbalon y no una caída”
Por suerte, por desgracia o simplemente porque en la vida todos resbalamos alguna vez, comprobé que sus enseñanzas no eran teorías, ni frases hechas. Sergio me ayudó a levantarme cuando me caí y, por eso, siempre digo que mi vida sería diferente si no le hubiese conocido. Estoy segura que soy una persona más fuerte y mejor gracias a él y por eso deseo que todo el mundo tenga la suerte de encontrar a un Sergio en su vida. ¡Si es que existe más de uno!.
Por todo ello, hoy he querido dedicarle estas líneas... ¡Oh profesor, mi profesor!.
miércoles, 13 de octubre de 2010
Mi camara y yo.
Hoy he pasado el día caminando por las calles del centro de Madrid, hacía mucho tiempo que no lo hacía y reconozco que me fascina. Ahora que estoy acostumbrada a vivir en el quinto pino, por si nos acordáis esto significa a las afueras de Madrid, ir a la Puerta del Sol me parece toda una excursión.
He paseado por la calles Mayor, Arenal, Preciados… he visto el mercado de San Miguel, el Teatro Real y la Plaza Mayor. Y mientras caminaba, me daba cuenta que me sentía como una turista, pero en mi ciudad, aunque sabía que me faltaba algo, tenía las manos vacías. Aclaro, el mapa no. Yo nunca llevo mapas (soy mujer… no los entiendo). Lo que me faltaba era… mi cámara.
Y es que cuando te trasladas a una ciudad, si previamente has hecho tu maleta, la miras de otra forma, activas el chip turista y te cuelgas tu cámara al cuello como si tu vida dependiera de ella, haces fotografías sin parar, se te acaba la batería y te cabreas, compras cámaras de usar y tirar y ,en último caso, lo observas todo con detalle y lo grabas en tu memoria mientras piensas, cuando llegue a casa me bajaré fotos de este sitio por Internet, ¿habrá?.
Sin embargo, pocas veces nos paramos a observar nuestra ciudad, pasamos por ella sin fijarnos, con el único objetivo de llegar de un punto a otro, porque cuando paseas por tu ciudad, más bien la atraviesas, porque tienes que ir a hacer “algo”, o a comprar “algo” o a ver “algo” y no se te pasa por la cabeza la idea fotografiar un lugar, estas seguro que te mirarían con cara rara, rara, rara.
Por eso las fotos de nuestra ciudad son fotos de nuestras “personas” o de nuestros “momentos”, pero no de nuestros lugares. Y digo yo, ¿por qué se me ocurre hacerle una foto a un grasiento puesto de perritos calientes en Nueva York, a una cabina de teléfono en Londres o a un café en la Plaza de San Marco (bueno, esta es obligatoria, si no nadie se creerá que pagaste 12 euros por un café, es más, es recomendable escanear el ticket para colocarlo en el álbum), y por qué no se me ocurre llevarme una cámara para hacerle fotos al Oso y el Madroño?.
Pues eso, que hoy no llevaba mi cámara y me he dado cuenta que mi colección de fotos está INCOMPLETA.
He paseado por la calles Mayor, Arenal, Preciados… he visto el mercado de San Miguel, el Teatro Real y la Plaza Mayor. Y mientras caminaba, me daba cuenta que me sentía como una turista, pero en mi ciudad, aunque sabía que me faltaba algo, tenía las manos vacías. Aclaro, el mapa no. Yo nunca llevo mapas (soy mujer… no los entiendo). Lo que me faltaba era… mi cámara.
Y es que cuando te trasladas a una ciudad, si previamente has hecho tu maleta, la miras de otra forma, activas el chip turista y te cuelgas tu cámara al cuello como si tu vida dependiera de ella, haces fotografías sin parar, se te acaba la batería y te cabreas, compras cámaras de usar y tirar y ,en último caso, lo observas todo con detalle y lo grabas en tu memoria mientras piensas, cuando llegue a casa me bajaré fotos de este sitio por Internet, ¿habrá?.
Sin embargo, pocas veces nos paramos a observar nuestra ciudad, pasamos por ella sin fijarnos, con el único objetivo de llegar de un punto a otro, porque cuando paseas por tu ciudad, más bien la atraviesas, porque tienes que ir a hacer “algo”, o a comprar “algo” o a ver “algo” y no se te pasa por la cabeza la idea fotografiar un lugar, estas seguro que te mirarían con cara rara, rara, rara.
Por eso las fotos de nuestra ciudad son fotos de nuestras “personas” o de nuestros “momentos”, pero no de nuestros lugares. Y digo yo, ¿por qué se me ocurre hacerle una foto a un grasiento puesto de perritos calientes en Nueva York, a una cabina de teléfono en Londres o a un café en la Plaza de San Marco (bueno, esta es obligatoria, si no nadie se creerá que pagaste 12 euros por un café, es más, es recomendable escanear el ticket para colocarlo en el álbum), y por qué no se me ocurre llevarme una cámara para hacerle fotos al Oso y el Madroño?.
Pues eso, que hoy no llevaba mi cámara y me he dado cuenta que mi colección de fotos está INCOMPLETA.
viernes, 8 de octubre de 2010
Ingenio
Allá por los años 80 un monstruo, feo con ganas, era el encargado de mandar a los niños a dormir. Por si no le recordáis o por si no le conocéis aquí os dejo el documento que lo demuestra.
http://www.youtube.com/watch?v=wbfQ71hMr_k
Gracias a este espantoso ser (que por mi condición de teleadicta de nacimiento, veía todos los días) y, gracias también, al increíble ingenio de alguna de mis compañeras de cole, yo tuve mi primer mote. Si señores, me llamaban “Casimira”. Afortunadamente para mi este sobrenombre no se me asoció porque me encontrarán cierto parecido físico con Casimiro (o eso he querido pensar siempre), la razón parecía tener más relación con que mi nombre también empieza por Casi, sin embargo, fuera por lo que fuese, a mi no me gustaba. No me gustaba nada de nada.
Pase toda mi infancia con el firme convencimiento de que el día que cumpliera los 18 años, iría al registro mundial de los nombres de las personas a cambiármelo. Yo quería tener un nombre normal, llamarme Maria y que la profesora tuviera que decir mi apellido al pasar lista para distinguirme de las otras diez Marías. Claro que, cuando imaginé la escena, me di cuenta que si me cambiaba el nombre, me metía en un lío peor. Y es que mi apellido sumado a mi nuevo nombre prometía brotes de ingenio desmedido. Os imagináis que hubiera pasado cuando la profesora hubiese dicho ¿María de la Hoz?
Así que la idea empezó a perder fuerza y, cuando llegó el momento, se me había pasado la neura y mi nombre se quedó como estaba. No tardé mucho en descubrir que el ingenio se agudiza por un sinfín de razones y llegaron momentos mucho menos simpáticos, claro que, para entonces, me pillaron más espabilada y entonces yo también sacaba mi ingenio a pasear.
Lo bueno es que con cierta edad todo se ve de otra manera y hoy me he sorprendido dirigiéndome a mi misma por mi mote actual. Y es que esta mañana, como todas las mañanas de mi vida, iba yo con el agua al cuello para llegar puntual a una reunión y entonces, mientras me enfundaba los pantalones me he dicho “vamos velociraptor*, vaaaaaamos ...”.
Nota*: Velociraptor es una irónica, a la par que simpática, mezcla de conceptos asociados a mi. Dinosauria, que no por la edad (que conste) sino por la antiguedad en la empresa donde trabajo y Veloz, porque, como ya he comentado en alguna ocasión, no me gusta correr.
http://www.youtube.com/watch?v=wbfQ71hMr_k
Gracias a este espantoso ser (que por mi condición de teleadicta de nacimiento, veía todos los días) y, gracias también, al increíble ingenio de alguna de mis compañeras de cole, yo tuve mi primer mote. Si señores, me llamaban “Casimira”. Afortunadamente para mi este sobrenombre no se me asoció porque me encontrarán cierto parecido físico con Casimiro (o eso he querido pensar siempre), la razón parecía tener más relación con que mi nombre también empieza por Casi, sin embargo, fuera por lo que fuese, a mi no me gustaba. No me gustaba nada de nada.
Pase toda mi infancia con el firme convencimiento de que el día que cumpliera los 18 años, iría al registro mundial de los nombres de las personas a cambiármelo. Yo quería tener un nombre normal, llamarme Maria y que la profesora tuviera que decir mi apellido al pasar lista para distinguirme de las otras diez Marías. Claro que, cuando imaginé la escena, me di cuenta que si me cambiaba el nombre, me metía en un lío peor. Y es que mi apellido sumado a mi nuevo nombre prometía brotes de ingenio desmedido. Os imagináis que hubiera pasado cuando la profesora hubiese dicho ¿María de la Hoz?
Así que la idea empezó a perder fuerza y, cuando llegó el momento, se me había pasado la neura y mi nombre se quedó como estaba. No tardé mucho en descubrir que el ingenio se agudiza por un sinfín de razones y llegaron momentos mucho menos simpáticos, claro que, para entonces, me pillaron más espabilada y entonces yo también sacaba mi ingenio a pasear.
Lo bueno es que con cierta edad todo se ve de otra manera y hoy me he sorprendido dirigiéndome a mi misma por mi mote actual. Y es que esta mañana, como todas las mañanas de mi vida, iba yo con el agua al cuello para llegar puntual a una reunión y entonces, mientras me enfundaba los pantalones me he dicho “vamos velociraptor*, vaaaaaamos ...”.
Nota*: Velociraptor es una irónica, a la par que simpática, mezcla de conceptos asociados a mi. Dinosauria, que no por la edad (que conste) sino por la antiguedad en la empresa donde trabajo y Veloz, porque, como ya he comentado en alguna ocasión, no me gusta correr.
miércoles, 6 de octubre de 2010
Ya lo decía Descartes
En mi fin de semana zen he dedicado unas cuantas horas, mientras los trenes me llevaban de un sitio a otro, a leer. Me encanta leer, aunque no le dedico todo el tiempo que me gustaría. Eso sí, como un libro me enganche no puedo parar y me convierto en una mujer pegada a un libro hasta que lo termino. Me lo llevo conmigo a todas partes y paso noches sin dormir, por eso, aprovecho las vacaciones o mini vacaciones para dedicarle horas a este vicio mío.
Según se encuentren mis revoluciones, me apasiona una literatura u otra y no tengo ningún inconveniente en dejarme libros a medias, si la historia no me convence o no se cruza conmigo en el momento adecuado. Sin embargo, juego con ventaja. Mi ventaja es un chavalito de 24 años que desde que nació, es mi sobrino, y que, desde meses antes del evento, ya me tenía bastante ganada. No se si esta pasión desmedida que tengo por el chaval me ciega o no, y tampoco me importa porque la pienso seguir teniendo, pero la verdad es que, desde que ha cogido la costumbre de regalarme libros (elegidos especialmente para mi), me he dado cuenta que nunca dejara de impresionarme. No ha habido libro que me haya regalado que no me haya fundido en menos de tres días.
Esta vez me ha sorprendido con la primera novela de John Kennedy Toole (más conocido por “La Conjura de los necios”) que se titula “La Biblia de neón”. Ya la introducción te desgarra cuando nos habla de la trágica muerte del autor a sus treinta y un años (suicidio) y de los esfuerzos de su madre, primero, por lograr la publicación de “La Conjura…” y, después, por evitar la publicación de “La Biblia…”; pero la novela, aunque menos dura por no estar basada en hechos reales, te hace reír y te hace llorar, consiguiendo que cierres el libro con alguna frase hecha del tipo ¡madre mía!.
A través de la historia de David, un niño que llega a adolescente sin muchas alegrías en su vida, el autor trata temas tan profundos como el fanatismo, la excentricidad o el fracaso. A mi personalmente me ha ayudado a no olvidar que los extremos nunca son buenos porque siempre, o casi siempre, hacen daño a alguien. Por eso hoy, aparte de recomendar esta lectura a quien esté al otro lado, me despido con una de mis frases favoritas “en el término medio está la virtud”. Ya lo decía Descartes.
Según se encuentren mis revoluciones, me apasiona una literatura u otra y no tengo ningún inconveniente en dejarme libros a medias, si la historia no me convence o no se cruza conmigo en el momento adecuado. Sin embargo, juego con ventaja. Mi ventaja es un chavalito de 24 años que desde que nació, es mi sobrino, y que, desde meses antes del evento, ya me tenía bastante ganada. No se si esta pasión desmedida que tengo por el chaval me ciega o no, y tampoco me importa porque la pienso seguir teniendo, pero la verdad es que, desde que ha cogido la costumbre de regalarme libros (elegidos especialmente para mi), me he dado cuenta que nunca dejara de impresionarme. No ha habido libro que me haya regalado que no me haya fundido en menos de tres días.
Esta vez me ha sorprendido con la primera novela de John Kennedy Toole (más conocido por “La Conjura de los necios”) que se titula “La Biblia de neón”. Ya la introducción te desgarra cuando nos habla de la trágica muerte del autor a sus treinta y un años (suicidio) y de los esfuerzos de su madre, primero, por lograr la publicación de “La Conjura…” y, después, por evitar la publicación de “La Biblia…”; pero la novela, aunque menos dura por no estar basada en hechos reales, te hace reír y te hace llorar, consiguiendo que cierres el libro con alguna frase hecha del tipo ¡madre mía!.
A través de la historia de David, un niño que llega a adolescente sin muchas alegrías en su vida, el autor trata temas tan profundos como el fanatismo, la excentricidad o el fracaso. A mi personalmente me ha ayudado a no olvidar que los extremos nunca son buenos porque siempre, o casi siempre, hacen daño a alguien. Por eso hoy, aparte de recomendar esta lectura a quien esté al otro lado, me despido con una de mis frases favoritas “en el término medio está la virtud”. Ya lo decía Descartes.
martes, 5 de octubre de 2010
No molestar
Acabo de regresar de mi escapada de fin de semana. He disfrutado tres días en un lugar perdido a escasos kilómetros de Villajoyosa, en Alicante. Tiene un estupendo hotel situado en un acantilado y desde casi cualquier punto del mismo, puedes emocionarte mientras ves como las olas se rompen con las rocas.
De vez en cuando es necesario parar y hacer un paréntesis en la vida cotidiana. Puede parecer una tontería, pero una de las mejores terapias para la relajación que he encontrado jamás consiste en colgar en una puerta ese conocido cartel de “no molestar”. Lo colocas y te sientes especialmente libre, es una forma de decirle al mundo, voy a tomar este espacio y lo voy a hacer mío por un rato. Voy a hacer en él lo que me de la real gana y nadie puede entrar aquí, porque hay un cartel que lo prohibe. Si además te permites el lujo de desconectar el móvil, sientes lo que es la libertad y, entonces, te toca disfrutarla.
Eso es lo que he hecho este fin de semana: disfrutar, sentir la libertad, aburrirme de mirar el mar por el día y contar las estrellas por la noche, dejar las preocupaciones en el parking y permitir volar a mi imaginación sin dirección.
Esta escapada ha sido mi regalo de aniversario. Corría el mes de septiembre de 1994 cuando mi chico me dio un beso (muy esperado, la verdad) en un sitio llamado “imagine”. Ninguno de los dos hubiéramos imaginado que 16 años y unos días después estaríamos celebrando esa fecha en un lugar llamado “Paraíso” (no es broma, se llama así). Pues si, así ha sido y la verdad, va a ser difícil superar este regalo.
De vez en cuando es necesario parar y hacer un paréntesis en la vida cotidiana. Puede parecer una tontería, pero una de las mejores terapias para la relajación que he encontrado jamás consiste en colgar en una puerta ese conocido cartel de “no molestar”. Lo colocas y te sientes especialmente libre, es una forma de decirle al mundo, voy a tomar este espacio y lo voy a hacer mío por un rato. Voy a hacer en él lo que me de la real gana y nadie puede entrar aquí, porque hay un cartel que lo prohibe. Si además te permites el lujo de desconectar el móvil, sientes lo que es la libertad y, entonces, te toca disfrutarla.
Eso es lo que he hecho este fin de semana: disfrutar, sentir la libertad, aburrirme de mirar el mar por el día y contar las estrellas por la noche, dejar las preocupaciones en el parking y permitir volar a mi imaginación sin dirección.
Esta escapada ha sido mi regalo de aniversario. Corría el mes de septiembre de 1994 cuando mi chico me dio un beso (muy esperado, la verdad) en un sitio llamado “imagine”. Ninguno de los dos hubiéramos imaginado que 16 años y unos días después estaríamos celebrando esa fecha en un lugar llamado “Paraíso” (no es broma, se llama así). Pues si, así ha sido y la verdad, va a ser difícil superar este regalo.
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